El camino de los vivos.

Cuando se sigue el camino de la individuación, cuando se vive la vida, hay que aceptar también el error. De lo contrario, la vida no sería completa. No existe garantía alguna -en ningún instante- de que no incurramos en el error o en un peligro mortal. Se cree quizás que existe un camino seguro. Pero éste sería el camino de los muertos.

Recuerdos, sueños, pensamientos. Carl Gustav Jung.

En esos días.

Ví dibujos de Dalí en las nubes del Montseny.
Un conejo se asomó a mi carpa.
Un gato me miró a los ojos.
Conocí una multitud de insectos, incansables.
Ví la luna menguarse, por las madrugadas.

Percibí parte de mi escencia y algunas de mis cáscaras.

Una mosca me besó en la boca. Y yo que soy araña, en vez de tragar-la, soplé y sonreí.

Recordé a todos mis maestros y maestras.

Tirité con el poder de la mente.

Comprendí la poesía, de repente.
Lloré la muerte de mi padre.
Lloré la mía propia.

Me enfrenté a la realidad tal y como es, de a ratos.

Me desgarré del todo.
Sentí. Sentí. Sentí.
No solo dolor, sentí.

Me despedí. Nací de nuevo.

Mi muerte. Tal y como fue.

Estaba yo acostada en una cama pequeña. Tapada. En una habitación también pequeña. A lo Van Gogh.

Vino un ser gigante por fuera y gigante por dentro. Se sentó a mi izquierda. Me tomó la mano. Llorisqueaba, disimulando. Era Fe.

Vino un ser pequeño por fuera y enorme por dentro. De pie, al otro lado, reía tranquila. Era Bea.

Sin nada que decir, el cuarto vibraba. Había amor. Lo ví todo desde afuera, desde lo alto. Desde ahí, lloré fuerte arrugando la cara, con un grito mudo. Largo. Me alejé, onduleante.