‘Diego: tengo mucho bajo’
‘¿Pero me estás hablando de volumen o de graves?’.
Le dije a JL que me pasara tu email, que el que yo tengo da error. Pero este debe estar en Dubai y no se entera. Ya verás, cuando vuelva, la que le voy a armar.
Te quería saludar especialmente. Escribiendo algunos de mis cuentos me acuerdo alegremente de los tuyos. Varios de ellos se me han quedado tatuados en el adn. Y como encima ahora estoy con este tema de los grupos sanguíneos. Pues mira.
Gracias por tu inocencia, por tu absurdo, por tu verdad, por tu locura, por tu violencia, por tu dulzura. Gracias. Por compartirlo. D.
Me invitaron, sorpresiva y gratamente, a una fiesta la otra noche. Fui sola porque no sabía bien qué onda. Nada lejos de mi casa. Así que, con tranquilidad, pillé la bici y subí.
Había gente. Más mujeres que hombres. Y si bien me sentí muy a gusto desde que él abrió la puerta y me abrazó, enseguida percibí que, en general, era la clase de gente que te ignora. Que hace ver que no te ve. Y lo hacen bien.
En otro momento de mi vida eso hubiera sido un problema. Pero ya estoy muy entrenada para este tipo de adversidades. Ahora acciono rápido. ‘Con que soy invisible!’, pensé. ‘Que maravilla! Entonces puedo hacer todo lo que yo quiera!’.
Evidentemente me autoimpuse ciertos límites. Me solté lo más que pude dentro de lo que creía que el contexto permitía. Iba saltando de un grupito a otro, como si nada. Me enganchaba y me desenganchaba de las conversaciones en cualquier momento y de cualquier manera. Intervenía. No interevenía. Me presentaba. No lo hacía. En algunas ocasiones sonreía. Hacía lo que me daba la gana. Me acercaba y bailaba con el que me gustaba. Me iba. O se iba él. Yo era yo, con una mezcla de Peter Sellers y Woody Allen.
En eso se acerca uno, italiano. Los ojos entrecerrados en pose sexy. Yo lo miraba y pensaba que sería conveniente que relajara los párpados. ‘¿Por qué tus ojos hablan?, me dice. Lenvanté una ceja. La bajé. Levanté dos hombros al mismo tiempo. Los bajé. Hice una mueca con la boca. La deshice. Ante tal respuesta se hizo el silencio entre nosotros. Retomó, con fuerza: ‘¿Viste ‘El lado oscuro del corazón’? La parte que él aprieta el botón para desaparecer a la chica que no sabe volar…’.
Y yo que nunca le creí nada ni a Dario Grandinetti ni a Eliseo Subiela, le intentaba transmitir al tano, con dulzura, pero con toda la intensidad posible, que parara, que no siguiera, que no hacía falta. Era el momento del ‘Ya vengo, voy al baño’. Y ni en eso tuve que mentir! [Dicen que cuando mientes te alejas de tu alma, eso dicen]. Se fue solito.
Me acordé de Quino. De tantas horas de su humor. De cuando Libertad le pedía a Susanita que fuera simple. ‘A ver Susanita, dale, sé simple’, le decía. Y la otra levantaba la pierna y los brazos como en una postura de danza clásica. Libertad miraba para arriba y decía ‘Sonamos’.
Me divertí mucho. Quise quedarme hasta el final. Pero mi intuición me dijo que no lo hiciera. Y la seguí. Repentinamente, me fui.
La fiesta era en la loma del orto, al menos desde mi casa. La fiesta era llamativamente masculina. La fiesta eran una serie de griegos y sudafricanos estudiantes de cine, en Londres. La fiesta, excepto por la forma de la gente no de presentarse si no más bien de venderse, como en un casting, estuvo buena. La fiesta dio para comer, beber, bailar y charlar, en el inglés más desvergozado jamás oído.
La fiesta terminó en mi habitación, en mi casa. Con Sabine y dos del sur de ese continente que debe ser menos negro de lo que imagino. Con una bola de plástico, en el medio, que predecía el futuro. A pilas. Todos diciendo disparates sin oírnos. Borrachos. Pero vestidos.
Fue clave, para mí. Si notas que me quedo un poco tildada no te preocupes. Simplemente, estoy recordando.
Estoy por un arte que:
me, te, le, nos, les
cambie la vida. D.
Pregonea el heladero en aquella playa del caribe.

Luciana Felicidad me llevó anoche a una heladería argentina en plena Barceloneta. Una tarrina de plástico. Pero que rico! Avellana, chocolate y coco con dulce de leche! La especialidad de la casa. Que dulce. Que feliz. Felicidad. Gracias.
Dicen que los helados más ricos del mundo los venden en la Avenida Pellegrini. Eso dicen. No me creas. Experiméntalo. Rosario, Argentina.
Hay paliiiiiiito, vasiiiiiiito, bombon heladooooooo.
Tan lejos. Tan cerca.

Dicen que no tienen canto los ríos que son profundos. Mas yo aprendí en este mundo, que el que tiene más hondura canta mejor por ser hondo y hace miel de su amargura.
De no estar tu / demasiado enorme / sería el bosque.
Atrévete a abrir las puertas ante las cuales todos prefieren pasar de largo.

Cuando digo curación digo: búsqueda de la libertad, igualdad, tolerancia, amor, felicidad y equilibrio. Purificación. D.
Mi lugar es aquí. Mi lugar es ahora.

Foto Dani Blanco. 2008.

Foto Dani Blanco. Barrio Gótico. Barcelona 2008.

Antes se decía que el conocimiento había que ocultarlo. El Ermita sólo transmitía su sabiduría a alumnos perfectos. Pero en esta época NO. Él levanta la lámpara y se la muestra a todo el mundo. EL QUE PUEDA APRENDER QUE APRENDAR, POR FAVOR. Lo necesitamos. Necesitamos volver a vivir. Tranquilos. Sin miedo.
Alejandro Jodorowsky.
En la última lectura de cartas que me hizo el maestro VdP me dijo que, en este fin de ciclo, era mi propio sol interior el que me guiaría el camino para la realización. X-XVIIII-XXI. Mientras lloraba sin parar, más por dentro que por fuera, pensaba ‘pero de qué sol me habla’.
Buscando la postal de Marlon Brando, encontré esto.
Texto foto 1. Titi mostrando ante el público su obra. Texto foto 2. Titi en la entrada del edificio.
Me voy a actualizar mi carta astral a ver si ya me alineaste los planetas. Espero no derretirme por el camino. D.
A uno de mis lados, unas señoras explicando sus recetas de pollo al cava. Al otro, Carolina acuareleaba bellas postales con cuerpos desnudos, estrenando materiales con agua de mar. Yo, en el medio, pensando que me dejo llevar, o traer, más por la energía que por lo físico.
Años atrás, me gustaba Leonardo Sbaraglia y cualquiera que se le pareciera. Pero excluyentemente, además. Fue así se salí con una serie totalmente olvidable de tipos prototipos. Hasta que me dije ‘Basta, que aburrido’. Desde entonces, me gustan de cualquier edad, color, peso, tamaño y altura. Eso en cuanto a lo físico material, por así de decirlo. Lo de la energía es más difícil, describirlo.
Hoy has dirigido una escena de mi vida.
Estaba yo desnuda nadando en el mar mi estilo libre. Libre. Que no es solo croll sino que también combina algo de pecho, un poco de espalda y una inmersión profunda hasta que una ligera presión a la altura de los oídos me indica que tengo que subir a tomar aire.
En uno de esos descensos grité. Grité fuerte. Grité abajo del agua. Grité. Grité. Grité. Y me sentí feliz. Subí. Respiré. Me reí. Seguí.
Recordé que yo no quiero ser una chica almodovar. Quiero ser yo misma. Pero, en todo caso, me siento mucho más dentro de tu película.

Foto Ferran Grau. Mallorca 2005.
He visto todos tus films varias veces. Hay minutos que me parecen reiterativos. Pero desde que amo lo que hago sé lo difícil que es encontrar la medida justa de las cosas cuando uno lo que quiere, en definitiva, es compartir. Los muchos minutos que sí me gustan, me gustan con desmedida intensidad. D.
Ojalá que aprendar a ser, más elegante en mi derrota, cuando más te piense. Ojalá me salga ser, más testarudo con mi orgullo, cuando más te alejes. Ojalá me atreva a ser, más asesino de mis sueño, para no soñarte. Ojalá pueda poner, en penitencia mi paciencia, para no esperarte. IN.
Yo duermo boca abajo. Esto me preocupa mucho porque sé que no es nada recomendable. Todos lo dicen.
Hasta tal punto me preocupa que (así como hay gente que lo primero que te pregunta es cuál tu signo zoodical) cuando conozco a alguien una de las curiosidades que me genera es saber si duermen boca arriba, boca abajo o de costado. A veces, logro averiguarlo.
Confieso que siento cierta inclinación por aquellas personas que duermen boca arriba. Quizá porque es mi opuesto complementario.
Pero ahora ya sé porque no puedo dormir así! Y es que se me clava el huesito dulce en suelo! Me acabo de dar cuenta! Mirá que era fácil.
D.
La mesa de trabajo se me hizo pequeña. El corazón grande. Y ahora no sé que hacer con todas estas caligrafías y dibujos que ya scaneé. Sinceramente.
Me queda por publicar un par de cosas (un par argentino, que no es estríctamente dos) y me retiro. D.
En la adolescencia tuve un novio que, cuando me veía hacer estas cosas, me decía que como letrista me moriría de hambre.
Javier R tenías razón! Pero que bien que me la estoy pasando! D.
(Creo que era Claudio el que decía que cualquier película de Ripstein era un poroto comparada con mi vida).
Estaba yo haciendo tiempo* en la tienda Vinçon, en el Passeig de Gràcia, esperando a un amigo, cuando de repente una mujer me llamó poderosamente la atención.
Tenía el pelo rojizomorado y una actitud rara. La observé fijamente. Ella estaba cada vez más intranquila. Temblequeaba, incluso. Nerviosa, se dirigió a una de las dependientas (¿Por qué le dirán dependientas a las empleadas en este país? Porque dependen del que les paga, quizá, no sé). Le dijo ‘he perdido a mi marido’.
Yo me quedé helada. La chica intentó calmarla pidiéndole que la acompañara a la caja para llamarlo por megafonía. Aclaro que el local es grande pero a mí lo primero que me vino a la cabeza fue otra cosa, otro tipo de pérdida.
Ya, en el mostrador, la empleada preguntó ‘cómo se llama su marido’. ‘Arturo Ripstein’, dijo.
De un sopetón, me volvió el calor al cuerpo y todos los objetos se cambiaron de lugar solos en el mismísimo segundo en que yo viví varios flashbacks con fundido a blanco. Me acordé de mi amigo Pablo Romano, de aquella revista de cine que compraba mi madre, de mi madre, de que alguna vez pensé en ir a México a estudiar comunicación audiovisual y que probablemente ahí lo hubiera conocido. Entonces ella debe ser Garciadiego, me susurré.
‘Arturo Ripstein por favor acuda a caja’, sonó fuerte por los altavoces. No podía creer lo que estaba viviendo. La abandonó, pensé. Y yo aquí. En primera fila.
Al cabo de poco tiempo, poco para mí, claro, andá a saber para Paz Alicia cuanto habrá pasado, apareció Arturo. Un señor con pelo blanco. Traía un jarrón en la mano. Sin flores. Le dijo algo así como ‘este es el jarrón que no compramos en Madrid la vez pasada’. El reencuentro no fue nada cinematográfico, confieso.
Es alucinante. ¿Esta mujer escribe lo que escribe y luego entra en pánico porque pierde de vista un momento a su marido en una tienda de objetos de buen diseño? Realmente somos un misterio. Oscuro.
En eso llegó mi amigo. Lo abracé efusivamente y le dije ‘Te tengo que contar! No sabés lo que pasó!’. Pero él no sabía ni quién era Ripstein y mi historia no le interesó en lo más mínimo. Obvio. Este segundo reencuentro no fue nada cinematográfico, tampoco. Todo hay que decirlo.
Esa tarde conocí a Manolo Laguillo.
D.
* Curiosa expresión.
Olvidé comentarte la otra noche que recordaba que los lunares de tu cara… Si, si, esos… El que tienes aquí, aquí y también aquí… Esos que tantas veces dibujé. Bueno, te decía, que recordaba los lunares del otro lado de la cara. Es decir, recordaba estos que tienes aquí, allí y esos que tienes allí, aquí.
Algo está pasando con mi información neuronal. ¡! Me cambió el mapa y el territorio.
Anyway, me gustan, tus lunares, anywhere. D.
Vivir dentro de un cuadro de Vermeer y salir de vez en cuando a visitarlo. D.

Foto Dani Blanco. Barcelona 2008.
Un hombre evolucionado sexual, emocional, mental y espiritualmente. Libre y sano. D.
Si durante gran parte de la vida, para encontrarnos, buscamos la luz, al final, al encontrarla, sin temor, entraremos en nuestra sombra.
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