La fiesta. Barcelona 2008.

Me invitaron, sorpresiva y gratamente, a una fiesta la otra noche. Fui sola porque no sabía bien qué onda. Nada lejos de mi casa. Así que, con tranquilidad, pillé la bici y subí.

Había gente. Más mujeres que hombres. Y si bien me sentí muy a gusto desde que él abrió la puerta y me abrazó, enseguida percibí que, en general, era la clase de gente que te ignora. Que hace ver que no te ve. Y lo hacen bien.

En otro momento de mi vida eso hubiera sido un problema. Pero ya estoy muy entrenada para este tipo de adversidades. Ahora acciono rápido. ‘Con que soy invisible!’, pensé. ‘Que maravilla! Entonces puedo hacer todo lo que yo quiera!’.

Evidentemente me autoimpuse ciertos límites. Me solté lo más que pude dentro de lo que creía que el contexto permitía. Iba saltando de un grupito a otro, como si nada. Me enganchaba y me desenganchaba de las conversaciones en cualquier momento y de cualquier manera. Intervenía. No interevenía. Me presentaba. No lo hacía. En algunas ocasiones sonreía. Hacía lo que me daba la gana. Me acercaba y bailaba con el que me gustaba. Me iba. O se iba él. Yo era yo, con una mezcla de Peter Sellers y Woody Allen.

En eso se acerca uno, italiano. Los ojos entrecerrados en pose sexy. Yo lo miraba y pensaba que sería conveniente que relajara los párpados. ‘¿Por qué tus ojos hablan?, me dice. Lenvanté una ceja. La bajé. Levanté dos hombros al mismo tiempo. Los bajé. Hice una mueca con la boca. La deshice. Ante tal respuesta se hizo el silencio entre nosotros. Retomó, con fuerza: ‘¿Viste ‘El lado oscuro del corazón’? La parte que él aprieta el botón para desaparecer a la chica que no sabe volar…’.

Y yo que nunca le creí nada ni a Dario Grandinetti ni a Eliseo Subiela, le intentaba transmitir al tano, con dulzura, pero con toda la intensidad posible, que parara, que no siguiera, que no hacía falta. Era el momento del ‘Ya vengo, voy al baño’. Y ni en eso tuve que mentir! [Dicen que cuando mientes te alejas de tu alma, eso dicen]. Se fue solito.

Me acordé de Quino. De tantas horas de su humor. De cuando Libertad le pedía a Susanita que fuera simple. ‘A ver Susanita, dale, sé simple’, le decía. Y la otra levantaba la pierna y los brazos como en una postura de danza clásica. Libertad miraba para arriba y decía ‘Sonamos’.

Me divertí mucho. Quise quedarme hasta el final. Pero mi intuición me dijo que no lo hiciera. Y la seguí. Repentinamente, me fui.

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