La fiesta. Londres 2001.

La fiesta era en la loma del orto, al menos desde mi casa. La fiesta era llamativamente masculina. La fiesta eran una serie de griegos y sudafricanos estudiantes de cine, en Londres. La fiesta, excepto por la forma de la gente no de presentarse si no más bien de venderse, como en un casting, estuvo buena. La fiesta dio para comer, beber, bailar y charlar, en el inglés más desvergozado jamás oído.

La fiesta terminó en mi habitación, en mi casa. Con Sabine y dos del sur de ese continente que debe ser menos negro de lo que imagino. Con una bola de plástico, en el medio, que predecía el futuro. A pilas. Todos diciendo disparates sin oírnos. Borrachos. Pero vestidos.

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