Arturo Ripstein.

(Creo que era Claudio el que decía que cualquier película de Ripstein era un poroto comparada con mi vida).

Estaba yo haciendo tiempo* en la tienda Vinçon, en el Passeig de Gràcia, esperando a un amigo, cuando de repente una mujer me llamó poderosamente la atención.

Tenía el pelo rojizomorado y una actitud rara. La observé fijamente. Ella estaba cada vez más intranquila. Temblequeaba, incluso. Nerviosa, se dirigió a una de las dependientas (¿Por qué le dirán dependientas a las empleadas en este país? Porque dependen del que les paga, quizá, no sé). Le dijo ‘he perdido a mi marido’.

Yo me quedé helada. La chica intentó calmarla pidiéndole que la acompañara a la caja para llamarlo por megafonía. Aclaro que el local es grande pero a mí lo primero que me vino a la cabeza fue otra cosa, otro tipo de pérdida.

Ya, en el mostrador, la empleada preguntó ‘cómo se llama su marido’. ‘Arturo Ripstein’, dijo.

De un sopetón, me volvió el calor al cuerpo y todos los objetos se cambiaron de lugar solos en el mismísimo segundo en que yo viví varios flashbacks con fundido a blanco. Me acordé de mi amigo Pablo Romano, de aquella revista de cine que compraba mi madre, de mi madre, de que alguna vez pensé en ir a México a estudiar comunicación audiovisual y que probablemente ahí lo hubiera conocido. Entonces ella debe ser Garciadiego, me susurré.

‘Arturo Ripstein por favor acuda a caja’, sonó fuerte por los altavoces. No podía creer lo que estaba viviendo. La abandonó, pensé. Y yo aquí. En primera fila.

Al cabo de poco tiempo, poco para mí, claro, andá a saber para Paz Alicia cuanto habrá pasado, apareció Arturo. Un señor con pelo blanco. Traía un jarrón en la mano. Sin flores. Le dijo algo así como ‘este es el jarrón que no compramos en Madrid la vez pasada’. El reencuentro no fue nada cinematográfico, confieso.

Es alucinante. ¿Esta mujer escribe lo que escribe y luego entra en pánico porque pierde de vista un momento a su marido en una tienda de objetos de buen diseño? Realmente somos un misterio. Oscuro.

En eso llegó mi amigo. Lo abracé efusivamente y le dije ‘Te tengo que contar! No sabés lo que pasó!’. Pero él no sabía ni quién era Ripstein y mi historia no le interesó en lo más mínimo. Obvio. Este segundo reencuentro no fue nada cinematográfico, tampoco. Todo hay que decirlo.

Esa tarde conocí a Manolo Laguillo.

D.

* Curiosa expresión.

Los lunares de tu cara.

Olvidé comentarte la otra noche que recordaba que los lunares de tu cara… Si, si, esos… El que tienes aquí, aquí y también aquí… Esos que tantas veces dibujé. Bueno, te decía, que recordaba los lunares del otro lado de la cara. Es decir, recordaba estos que tienes aquí, allí y esos que tienes allí, aquí.

Algo está pasando con mi información neuronal. ¡! Me cambió el mapa y el territorio.

Anyway, me gustan, tus lunares, anywhere. D.

Humanidades.

A los dieciséis años ví a Graciela Borges (conocidísima actriz argentina) en un reportaje en la tv. Venía de presentar su última película en algún remoto lugar del país, entiéndase cualquier sitio fuera de Buenos Aires city. Dijo algo que me llamó mucho la atención:

‘… Me trataron muy bien, la gente ahí es muy humana…’.

Entonces pensé: que mina más boluda! Cómo va a ser la gente sino, si no es humana cómo va a ser!

Hoy, con el doble de edad, tengo que reconocer que lamentablemente hay gente que no es humana. Es decir: gente inhumana. ¡!

Perdoname Gra:

El seis. El número de la belleza.

Siguiendo la teoría de los ciclos de seis meses, mi ciclo actual acabará en noviembre. Ya sé el qué, cuando y por qué. Resta saber el dónde, cómo y con quién. Ummm. D.

Un suspiro me consuela esta noche y pienso en todos los días que quedan por venir. Da miedo quitar alguno, robarles el deseo, consumirlos. La vida por delante, eso se siente. Aga.

Psicomagia III.

Las cosas se hacen con ganas o no se hacen.

Iba a cenar por cenar, porque no me puedo dar el lujo de saltárme una ingesta, pensando pero quién puede comer con este calor, cuando de repente, y debido a un hilito del repasador que se enganchó de la hornalla, me tiré toda el agua hirviendo para la pasta en el pecho.

Primero me puse agua fría y hielo, por instinto. Luego aceite (de oliva) y sal por consejo de la tana. Por último, rodajas de patatas porque me acordé de la abuela Yiya. Así que aquí estoy… embardunada y ardida. Bien jodida.

Todo es para bien. Don Alejandro ¿esto también? D.

Elizabeth Martha Mayansky Trajberg. La abuela Yiya. 1908, Ucrania. 1998, Rosario.

Algo curioso.

Mi ático hierve. Anoche me acosté en el suelo con los pies hacia la ventana (mar) y la cabeza hacia la puerta (montaña). Me daba una brisita linda en los pies y como sentía tanto calor decidí girarme para que la brisita linda me diera en la cara.
Para mi sorpresa me seguía dando la brisita linda en los pies!
Solo puede ser una cuestión de percepciones y sensibilidades, pensé.
Me acordé de ese tierno señor que nos explicó lo del flujo sanguíneo, la otra tarde.
Dormí rico.

D.

Yo sí que me voy a casar. Psicomagia I.

Mi padre solía contar que, cuando nací, en el Sanatorio Plaza de la calle Dorrego y Zeballos en la ciudad de Rosario, el médico salío de la sala de partos y en el pasillo de espera se dirijió a él y le dijo: ‘acaba de tener usted una soltera’. Ante mi pregunta de qué quizo decir, él respondia que, como yo era tan fea, no me iba a casar nunca.

Papá: nunca entendí tu idioma y, en consecuencia, tu humor. Pero lo intenté. Mucho. Treinta años! Te amo.

D.

Pedir ofreciendo.

Si queremos tener, comencemos por dar:

Un viudo está en su hogar con toda su familia, hijos, nueras, nietos. El jefe de su hijo viene a tomar café. Le han preparado un gran pastel. Todos están muy nerviosos, sólo el viejo conserva la calma… Con gran ceremonia, las mujeres traen el pastel. Lo cortan, pero olvidan dar un trozo al viejo. Mientras los otros comen, el anciano de pronto alza su plato y dice humildemente:

– Perdonad, ¿necesita alguien un plato limpio?

Víspera de luna llena.

Se hizo de noche a las tres de la tarde. Pedaleaba hacia el correo en busca de una carta certificada de remitente desconocido. Comenzó a llover y me dejé mojar (frase memorizada de un videoarte amigo).

Hay semáforos que pillo siempre en rojo. Otros todo lo contrario.

Me fui a correr por la playa. Se hizo de día a las diez de la noche. Víspera de luna llena. A veces sucede.

D.