Suerte del curso de mecanograf铆a. Suerte del curso.

Les agradezco a mis progenitores el haber confiado en mi obsesi贸n y haberme enviado a aquella academia ubicada en la esquina de la calurosa y despoblada llanura venezolana. E insistirle firmemente a la directora que yo no saldr铆a viva de la sala hasta que no escribiera las 80 reglamentarias palabras por minuto.

Recuerdo el sonido de los teclados mezclado con el del ventilador de techo. Empecinada estaba yo, a la edad de mis diez a帽os, en ser la tipeadora oficial del diario de mis padres.

Contrario a Cortazar*, ah铆 nunca nadie habl贸 del contenido de las palabras. Ochenta. Y basta.

Repetir incansablemente ejercicios como: ‘asdfg 帽lkjh’ y ‘dad alas a las hadas’ han posibilitado que hoy, aqu铆, pueda satisfacer mi deseo compulsivo de escribir compulsivamente. Y dar a abasto.

Gracias very much papis again.

‘El pibe ya no le ten铆a miedo a las palabras aunque todav铆a no sab铆a que hacer con ellas’. **

** Es lo que le pasa a veces a Ray Loriga, para m铆. Me aburr铆 en la mitad del libro. Mejor dicho me aburr铆 en la tercera p谩gina y abandon茅 en la mitad del libro. Ya s贸lo habla de amor.

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