El arrepentimiento es un sentimiento tardío.

Me dirigía al correo del barrio para enviar las postegardas postales del Club. Pensaba en el camino que si Agus se enrollaba podría enviarle un regalo a Mario G. Pasando por debajo de un andamio, me encuentra un tipo. Me para. Aunque voluminoso, blanco y de ojos claros, lindo. Muy lindo. Sonreí esperando que me preguntara dónde queda la calle tal, cuestión que me suelen formular muy a menudo, casi a diario. Por lo visto, tengo look de estar orientada.

El muchacho, con un castellano entrecortado y deficiente dijo ‘Estoy por ir a tomar un café con leche. Te invito a que tomes algo conmigo’. Sonaba alemán. Me descolocó y perturbó no captar su intención rápidamente. Mientras respondía pensé dos opciones. La primera, que quería practicar el idioma. La segunda, que estaría realizando un acto psicomágico en plena calle Balmes, recetado por el mismísimo Jodorowsky, convidando a tantas chicas como pudiera, hasta que alguna aceptara y comprobar así que todo es posible. ‘Muchas gracias pero estoy apurada’. ‘¿Apurada?’, pronunció pareciendo no saber el significado. ‘Tengo prisa’, enfaticé. Su cara expresó desánimo y al finalizar el tunel del andamio nos separamos.

Que tonta soy, pensé luego. Prisa de qué.

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