Iba a cenar por cenar, porque no me puedo dar el lujo de saltárme una ingesta, pensando pero quién puede comer con este calor, cuando de repente, y debido a un hilito del repasador que se enganchó de la hornalla, me tiré toda el agua hirviendo para la pasta en el pecho.
Primero me puse agua fría y hielo, por instinto. Luego aceite (de oliva) y sal por consejo de la tana. Por último, rodajas de patatas porque me acordé de la abuela Yiya. Así que aquí estoy… embardunada y ardida. Bien jodida.
Todo es para bien. Don Alejandro ¿esto también? D.
Elizabeth Martha Mayansky Trajberg. La abuela Yiya. 1908, Ucrania. 1998, Rosario.
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